
Y cada palabra es una puerta estrecha. Un paso a un extraño laberinto de espejos. Singular. Que me recuerdan las imágenes distorsionadas. Y el rostro de turbación que rebota sobre una cascada de iconos agotados por el uso de épocas anteriores. Espacio acarreado.
Y cada palabra es una cauterización, la carne de la tierra en una estación de piedra. Ranura de voz que excava un barranco de suelo seco. La disección de cada uno de los términos y poco más del otro lado de la piel, el gesto hacia esta parte del retraimiento, la incertidumbre de la huida, su disolución en todo el depósito de la memoria. Cada palabra es una puerta estrecha, un paso, una puesta de sol, un cambio. Es un lugar de caída, el lugar de un desplome. Excesivo o no en la noche. Por la noche, especialmente en la noche. El nudo de un deseo imposible.
Porque la palabra expresa una historia diferente. O una forma vacía. Y la palabra meramente detiene al silencio mortal. Secuencias, sueños, que cubren el resultado insignificante o inaccesible. Envanecimiento. Estola tosca. Intrascendente. Un acto que expide la queja de las grietas, lo arcaico. ¿Quién dijo que el final es su primer arrojo?
Porque no se dice nada, o se dice todo.
Ya que nos sirve más allá de nuestros mensajes ,de frente del decir, intención clara, en el canto y murmullo inaudible… Apenas una cantinela, apenas una nana.
Estoy buscando una canción y me encuentro perdida en sombrías melodías. Busco la retahíla de una ola de cristal, el coro que se abre justo entre el horizonte y el amanecer. Busco el camino del verbo, el que penetra en la sombra, el que revela la sinuosidad del tiempo. Quiero el movimiento de manera inequívoca, sin esquinas, sin declive. Intento y se me pierden en abundancia. Y el péndulo sobre el abismo de mis mares encontrados.
Así que trato de invertir la marea en un mar desierto, al igual que una barcaza impedida, desorientada frente a mis evocaciones. Singladura de trance en el resplandor deslumbrante del amor inanimado.